CAER Y LEVANTARSE
UNA ESPIRITUALIDAD PARA
LA SEGUNDA MITAD DE LA VIDA
Los mayores y más importantes problemas de la vida
son fundamentalmente irresolubles.
Nunca pueden resolverse, solo superarse.
CARL G. JUNG
Primero es la caída y luego el recobrarse de la caída.
Ambas cosas son misericordia de Dios.
JULIANA DE NORWICH
A los frailes franciscanos, mis hermanos, que me adiestraron tanto y tan bien en las habilidades y espiritualidad
de la primera mitad de la vida,
y que también me dieron el fundamento, el espacio, la vocación y la inevitabilidad para un viaje distinto y fantástico.
A todos nosotros nos espera un viaje en la segunda mitad de nuestras vidas. No todo el mundo lo hace, aunque todos nosotros nos vayamos haciendo más viejos, y algunos seamos más viejos que otros. Por alguna razón, el «otro viaje» es un secreto bien guardado. Mucha gente ni siquiera sabe que existe. Son también pocos quienes son conscientes de él, nos cuentan algo sobre él o saben que es distinto del viaje de la primera mitad de la vida. Así que, ¿por qué tendría yo que intentar iluminar algo ese sendero? ¿Por qué tendría yo que suponer que tengo algo que decir en ese punto? ¿Y por qué tendría que escribir algo a personas que todavía están en su primer viaje, y además lo están felizmente?
Estoy impulsado a escribir porque, después de cuarenta años de maestro franciscano, y de haber trabajado en diferentes ambientes, religiones, países e instituciones, he visto que mucha gente, si no la mayoría de ella y de las instituciones, sigue frustrada ante las preocupaciones de la primera mitad de la vida. Con esto quiero decir que la mayoría de las preocupaciones de las personas consiste en establecer su identidad personal (o superior), creando diversas señales fronterizas para sí mismos, buscando seguridad y, quizá, vinculándose a lo que les parecen gente o proyectos importantes. Estos esfuerzos son buenos en cierta medida y hasta necesarios. Intentamos encontrar lo que el filósofo griego Arquímedes llamaba una «palanca y un punto de apoyo», de manera que podamos mover el mundo solo un poquito. El mundo sería mucho peor si no hiciéramos esta primera e importante tarea.
Pero, en mi opinión, esta tarea de la primera parte de la vida no es sino encontrar el punto de partida. Es meramente el calentamiento, no todo el viaje. Es la balsa, pero no la costa. Si se percibe que hay otro viaje, se puede llevar a cabo el calentamiento de una forma del todo diferente, lo cual podría preparar mejor para cuanto sigue. La gente tiene que conocer el arco completo de su vida y hacia dónde le lleva.
Sabemos algo de este otro viaje por las claras voces de quienes han estado allí y nos invitan, por los textos sagrados y seculares, que también nos invitan a ir allí, por nuestra propia visión de personas que han entrado en este nuevo territorio y también, por desgracia, por los que nunca parece que se mueven. El «otro» viaje normalmente aparece como una seductora invitación y una especie de compromiso de esperanza. Se nos exhorta a él, pero no se nos ordena hacerlo, quizá porque cada uno de nosotros tiene que recorrer ese camino libremente, con toda la materia prima y enredada en nuestra propia y única vida. Pero no tenemos que hacerlo, y no tenemos que hacerlo solos. Hay indicadores, algunos modelos, metas radicalmente nuevas, unas pocas advertencias y hasta guías personales para ese otro viaje. Espero poder servir de ayuda a los lectores, ofreciéndoles algo de todo esto en el presente libro.
Todas estas fuentes y recursos me dan el valor y el deseo de intentar hacer un mapa del terreno de ese otro viaje junto con el terreno del primero, pero muy especialmente con las encrucijadas que será necesario afrontar. Como se verá por los títulos de los capítulos, considero que las encrucijadas normales son una especie de «sufrimiento necesario», tropiezos en piedras y mucho «boxeo con sombras», pero muy a menudo solo son un erosionante deseo de «nosotros mismos», de algo más o de lo que llamaré «nostalgia del hogar».
Confío en que se verá la verdad de este mapa, pero se trata del tipo de verdad del alma que solo conocemos «oscuramente, como en un espejo» (1 Cor 13,12), y a la vez claramente, como a través de un cristal. Sin embargo cualquier cristal a través del cual veamos siempre está hecho por manos humanas, como las mías. Todo lenguaje espiritual es necesariamente metáfora y símbolo. La Luz viene de otro sitio, y sin embargo es reflejada necesariamente por aquellos de nosotros que todavía estamos de viaje. Como Desmond Tutu me dijo en una reciente visita a Ciudad de El Cabo: «Solo somos las bombillas, Richard, y nuestra tarea solo es estar encendidos».
Creo que Dios nos da el alma, nuestra más profunda identidad, nuestro auténtico Yo1, nuestras únicas huellas dactilares en nuestra propia «inmaculada concepción». ¡Nuestro único trocito de cielo está colocado por el Fabricante dentro del producto ya desde el comienzo! Se nos da un plazo de algunos años para descubrirlo, elegirlo y vivir nuestro propio destino hasta el fin. Si no lo hacemos, no se nos ofrecerá nunca de nuevo nuestro propio yo en nuestra única y propia forma, lo cual es la razón por la que casi todas las tradiciones religiosas presentan este punto con palabras profundamente cargadas de significado como «cielo» o «infierno». El descubrimiento de nuestra alma es totalmente crucial, decisivo y de vital importancia para cada uno de nosotros y para el mundo. Nosotros no «hacemos» ni «creamos» nuestras almas; simplemente las «hacemos crecer». Somos los torpes administradores de nuestras propias almas. Estamos encargados de despertar, y gran parte del trabajo de la espiritualidad es aprender a no obstaculizar el camino de este crecimiento y despertar tan natural. Al parecer necesitamos desaprender para volver a la vida fundamental, que está «escondida en Dios» (Col 3,3). Sí, la transformación trata a menudo más de desaprender que de aprender, razón por la que las tradiciones religiosas la llaman «conversión» o «arrepentimiento».
En mi opinión, ningún poeta expresa esto más perfectamente que el literalmente inimitable Gerard Manley Hopkins en su poema, inspirado en Duns Scoto, «As Kingfishers Catch Fire»2:
Cada cosa mortal hace solo y la misma cosa:
toca ese ser interno que habita en cada uno,
nosotros mismos...; me habla y me pronuncia a mí mismo,
gritando: Lo que hago soy yo; para eso he venido.
Todo lo que podemos devolver y todo lo que Dios quiere de cada uno de nosotros es que restituyamos humilde y orgullosamente el producto que se nos ha dado... ¡que somos nosotros mismos! Si he de creer a los santos y a los místicos, este producto acabado es más valioso para Dios que para nosotros. Sea lo que fuere este Misterio, ¡desde luego estamos metidos en él! La auténtica religión siempre es una profunda intuición de que ya estamos participando en algo muy bueno, pese a nuestros grandes esfuerzos por negarlo o evitarlo. De hecho, la mejor teología moderna muestra un fuerte «giro hacia la participación» opuesto a la religión como mera observación, afirmación, moralismo o pertenencia a un grupo. No hay nada a lo que unirse, sino solo algo que reconocer, sufrir o disfrutar como participante. Ya se está en el flujo eterno que los cristianos llaman la vida divina de la Trinidad.
Vemos que nuestro auténtico Yo depende en gran parte de los momentos del tiempo que nos han tocado en suerte y de los momentos de libertad que cada uno de nosotros recibe y escoge durante ese tiempo. La vida es verdaderamente vital, creada por la acumulación de momentos vitales en los cuales el «yo» más profundo se va revelando lentamente, si estamos dispuestos a verlo. Conservar nuestra huella dactilar interna, que es una buena descripción del alma, y devolverla humildemente al mundo y a Dios mediante el amor y el servicio es ciertamente de capital importancia. Cada cosa y cada persona tienen que realizar completamente su naturaleza cueste lo que cueste. Es la finalidad de nuestra vida y el significado más profundo de «ley natural». Estamos aquí para devolver entera y libremente lo que primero se nos ha dado, aunque no con una escritura personal. Probablemente es el acto más valiente y libre que nunca haremos, y hacerlo por completo nos ocupará ambas mitades de la vida. La primera mitad de la vida consiste en descubrir el guión, y la segunda en escribirlo realmente y apropiarse de él.
Así que, dispongámonos a la gran aventura para la que todos nosotros hemos nacido. Si al final no llegamos a nuestro pedacito de cielo, nuestra vida no habrá tenido gran sentido y habremos creado nuestro propio «infierno». Dispongámonos para una libertad nueva, un permiso nuevo, una esperanza de ahora mismo, una felicidad inesperada, unas piedras de tropiezo, una gracia radical y una nueva y urgente responsabilidad sobre uno mismo y sobre nuestro mundo sufriente.